Diarias

El mal viste de saco y corbata

por: Aaron Salomón Grimaldo

Imagínese que se encuentra almorzando en uno de los tantos restaurantes (menús) que proliferan en las zonas empresariales de nuestra capital. Ya está a punto de darle el último bocado a un infeliz bistec —que no es como el que hace mamá—, y un sujeto maltrecho se acerca a pedir limosna a todos los comensales, y claro, a usted también. Una mirada de soslayo lo alerta. El limosnero tiene cara de pocos amigos, inmediatamente, recuerda los novelescos noticieros matutinos. “Hombre asalta un restaurante en Pueblo Libre”, “Ladrón abre fuego en un chifa”, “Choro desata miedo en huarique”, son algunos titulares que le vienen a la mente en este instante. Opta por lo sano, deja el dinero (unos S/. 10.00) en la mesa y se retira.

En su trayecto, luego de haber revisado las redes sociales desde su moderno smartphone, escucha una voz con carraspera. “Oiga, ¡deténgase!”, le grita. Voltea asombrado y es ese sujeto maltrecho que hizo que su almuerzo terminara rápido. No le hace caso y acelera el paso. El hombre le sigue berreando, “¡deténgase!”. El miedo lo corroe, empieza a sudar frío, comienza a trotar por la acera, pero su andar aún es lento, en comparación a su perseguidor, es difícil correr en terno. El malvestido lo alcanza. “Ya perdí”, piensa. De pronto esa persona saca de su remendado bolsillo una billetera. “Se le cayó, señor”, le dice.

En los últimos tiempos, los limeños vivimos con miedo. Hasta el momento, se han encontrado más de 20 granadas en diferentes puntos de la ciudad. Los únicos, al parecer, que viven tranquilos son los amigos de lo ajeno. Uno ya no puede almorzar sereno en un restaurante, en teoría elegante y seguro, pues los delincuentes, armados hasta los dientes, pueden hacer que su velada termine en desgracia. Esta situación de intranquilidad trae consigo un resultado infame: la desconfianza. Desconfiamos hasta de nuestra sombra.

Si vemos una persona en harapos, como en la situación que narramos en líneas anteriores, inmediatamente, el cuerpo se nos escarapela. Pero, estimado lector, recordemos que el verdadero mal viste de saco y corbata. Rememoremos una pequeña sala en el SIN: un señor bienvestido con un maletín de billetes le compra la moral (y el alma) a otro señor elegante. Vladimiro Montesinos usaba joyas de oro y vestía sastres de diseñador. En apariencia era un próspero asesor presidencial, por dentro, estaba putrefacto. Más o menos, tomando distancias, como Dorian Gray, el personaje narciso de Óscar Wilde, quien mostraba al mundo una imagen de belleza y éxito, pero cuando se miraba al espejo, solo veía un vil demonio.

Sigamos con los ejemplos. Los medios han mostrado en video cómo asaltan los facinerosos, el peligro ya no son solo los carteristas, sino los pasajeros de lujosos automóviles. En plena luz del día, en la avenida Javier Prado, unos tres ladrones bajaron de un carísimo Mercedes Benz y le robaron a un cambista. Esta modalidad de hurto se está acrecentando en la capital, los rateros ya no corren, ahora manejan fierros alemanes. Si aún duda, recuerde las juergas exclusivas de Gerald Oropeza. El Tony Montana peruano tenía más gramos de oro en el cuello, de lo que consumía de cocaína el personaje que interpretó Al Pacino, allá por los ochenta.

Una contradicción. ¿Si somos los limeños tan desconfiados con nuestros vecinos, por qué le confiamos el país a políticos extraños? La historia se repite en cada elección presidencial y congresal. Nace un nuevo candidato que, según él, representa a los más pobres y está harto de que los ricos se lleven todo el dinero del país. Casi casi como lo que decía Pablo Escobar. Y en las elecciones del próximo año, van a escuchar, de seguro, el mismo discurso.  Le pedimos, por favor, que dude. Haga un acto de reflexión y tómese un tiempo para analizar propuestas, y sobre todo, para conocer por quién está votando. La política es una actividad que requiere de años de militancia. Hay que usar esa desconfianza para ahuyentar improvisados. La próxima vez, puede ser que no se olvide su billetera en uno de tantos menús que proliferan las zonas empresariales de la capital, se la puede quitar un ladrón de saco y corbata.

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